Yoklohsé habita el escenario y despliega una extrañeza tal que el sueño y la realidad se convierten en una pregunta para el espectador. La invitación para el público es que viva la experiencia y aporte su propia imaginación para asignar sentido a lo que ve en escena. Un personaje fuera de lo común al que se le asigna una misión por la que siempre y en todo momento en que se lo busque, estará cuidando un jardín de rosas para cuando hayamos llegado.
La risa continúa funcionando como el motor central para exponer la fragilidad humana y el valor de tener una compañía, un otro que acompaña la vida y se presta para jugar.