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“El cardenal”: una obra sobre el poder

  • Carolina Notta
  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

Poder, poder y más poder. Eso despliega El cardenal de Eduardo Pavlovsky. Lejos de tratarse de un concepto abstracto, encarna los cuerpos. Una obra donde se muestran las dos caras del poder: lo más alto y lo más bajo. Una apuesta a develar el sinsentido perverso que subyace en esa lógica de amo-esclavo, o súbditos, que encuentra su extremo lavado de violencia: alumnos del poder que sueñan con aprender para ascender en la jerarquía. Digo “perverso” como podría decir “cruel”: una promesa de transmisión del poder cuasi pedagógica que no concluye nunca. Pavlovsky plantea la inmutabilidad de las posiciones jerárquicas y la puesta de Carolina Pavlovsky la lleva al extremo. 


Foto: Santiago Echande
Foto: Santiago Echande

De más está decir que no se trata de una obra amena, sino todo lo contrario: incomoda desde que uno ingresa al subsuelo del Camarín de las Musas. Por momentos, la oscuridad produce miedo. Sin embargo, el mayor miedo aparece cuando podemos identificar que la ficción del escenario es parte de nuestra realidad cotidiana. Se produce una inversión: en vez de temer a lo que podría ocurrir, tememos a lo conocido. Así, El cardenal resulta una provocación: ¿por qué seguimos permitiendo todo esto? El espectador debería acatar todo lo que ocurre en escena. Lo que parece delirio es, en realidad, lucidez extrema. No hace falta comprenderlo todo. Basta con reconocerlo. Podemos dejarnos interpelar por esos personajes que parecen desbordados de la realidad y asumir que son una copia fiel de ella, aunque no todos lo acepten de esa manera. 


El texto es potente y la puesta lo refuerza. Las actuaciones de Kevin Bettini, Patricio Bettini y Simon Gonzalez Ferro son excelentes, encarnando los aspectos más significativos del poder. El cardenal es, obviamente, lo más alto: su vestuario, su pose, su voz, su seguridad y su movimiento lo demuestran. Los enanos deshauciados también destacan por sus vestuarios con ropas raídas, suciedad extrema, resaltan lo más bajo de la sociedad. En ellos se mezcla el deseo y la ingenuidad, lo que provoca ternura e indignación por lo que viven al mismo tiempo. La escenografía no es menor, ya que no remite a ningún lugar identificado. Sin embargo, el espacio escénico destruido se torna identificable, porque puede ser cualquiera corrompido por el poder, “incluso” la Argentina de estos tiempos. 


Foto: Santiago Echande
Foto: Santiago Echande

Por otra parte, la obra también se construye sobre la espera y el deseo de que algo, otra cosa, suceda. Aunque no se sepa con certeza qué sería aquello. Así como los enanos transitan esa espera, durante toda la obra, como espectadora, esperé, un poco ingenuamente, que haya otras respuestas. Pero el poder se perpetúa y siempre encuentra la forma de ser más de lo mismo.


Una obra intensa que invita a leer el presente desde la ficción. Pone sobre la mesa un sinfín de problemáticas que nos atraviesan en nuestro país actualmente. El cardenal propone que no existe la metáfora, ni otra manera de ver el mundo. El teatro lo desmonta. Expone lo ya conocido por todos para abrir la producción de sentido y provocar la imaginación de otros modos de habitar el mundo que sea crítico de la lógica de poder jerárquico e inamovible. El teatro nos obliga a ver lo que muchas veces preferimos ignorar y nos advierte. Después de asistir a este convivio, ya no es tan sencillo fingir que no lo vimos. La próxima pregunta debería ser: ¿hasta cuándo es posible sostener la absurda espera? Tal vez el momento sea ahora. 


Ficha técnica


Dramaturgia: Eduardo Tato Pavlovsky

Actúan: Kevin Ezequiel Bettini, Patricio Bettini, Simon Gonzalez Ferro

Iluminación: Víctor Chacón

Música: Manuel Badano

Diseño gráfico: Francina Adeff

Asistencia de dirección: Francina Adeff

Dirección: Carolina Pavlovsky



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