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"La lógica de la culpa": un silencio ruidoso que irrumpe a gritos

  • Carolina Notta
  • 3 dic 2025
  • 4 Min. de lectura
Créditos: Nacho Lunadei
Créditos: Nacho Lunadei

La crítica original fue publicada en Lee Mateo, el Medio Argentino de Teatro Online de la Asociación Argentina de Crítica e Investigación Teatral (AINCRIT). Disponible en: https://leemateo.com.ar/?p=4631


La lógica de la culpa tuvo su última función del año el pasado sábado en el Teatro del Pueblo (CABA). La dramaturgia y dirección es de Corina Fiorillo y cuenta con las actuaciones de Gustavo Pardi y Roberto Vallejos.


La lógica de la culpa aborda un reencuentro entre dos amigos tras 27 años de separación, donde Simón y Franco, los personajes de esta historia, desandan un pasado compartido. En esta obra, la dramaturgia, las actuaciones, las luces, los sonidos y la escenografía confluyen para hacer audible un silencio ruidoso que pide a gritos ser exteriorizado. La culpa se convierte en el eje central para pensar la memoria, el olvido, lo real y la verdad: nace de una imperiosa necesidad de narrar todo aquello que insiste en ser dicho.


Sin ahondar en detalles de la trama, resulta importante destacar enormemente la dramaturgia de Corina Fiorillo. Se trata de una escritura que pone en primer plano la pregunta acerca de la existencia de la verdad, pero más aún: sobre la existencia de “lo real”. En este sentido, la obra está articulada sobre un hecho ocurrido 27 años antes del encuentro, al que se vuelve y se recupera todo el tiempo mediante el recuerdo de ambos personajes.


El ejercicio de la memoria siempre implica una selección, donde algunos hechos permanecen y otros, se olvidan. En este caso, lo que vuelve interesante a la trama es un hecho un tanto paradójico: lo que se pretende olvidar es, justamente, aquello que forma parte constitutiva de la memoria, imposibilitando que se produzca el olvido. ¿Por qué resultan importantes estos conceptos? Porque se parte de la premisa de que lo que se olvida, automáticamente deja de existir. Entonces, aparece una pregunta central en la historia: ¿Qué lugar ocupa todo aquello que es imposible olvidar?


En La lógica de la culpa, la forma de la memoria es la narración, que se vuelve esencial y se transforma en una necesidad. Sin embargo, no es lineal, sino una yuxtaposición de fragmentos sin orden. Las lagunas mentales en el recuerdo de los personajes da lugar a la mera invención, desdibujando los límites entre lo real y la ficción. Si lo real es lo verdadero y la memoria el mecanismo para alcanzar esa verdad, cabe preguntarse: ¿Lo real es lo que existe o es aquello que puede ser narrado? ¿Hay verdad sin narración? ¿Existe lo real o depende del espacio-tiempo de quien recuerda? ¿Puede inventarse una nueva realidad cada vez que se narra un recuerdo? En esta obra, la memoria y el olvido juegan un papel importante en la definición de “lo real” y, con ello, permite la reflexión acerca del acceso a la (tan problemática) verdad (¿imposible?).


Pasemos a la puesta en escena. Dijimos al comienzo que La lógica de la culpa expone un silencio que pide ser exteriorizado. Ese grito que no encuentra salida, invade los cuerpos de Gustavo Pardi y Roberto Vallejos, quienes interpretan a Simón y Franco respectivamente. Desde la butaca, resulta imposible dejar de observar los gestos mínimos de los personajes: las manos de Pardi y los pies de Vallejos, que transmiten todo aquello que no está dicho y son la base de la construcción psicológica de ambos personajes. En ellos se condensan las emociones, los sentimientos, lo que dicen y lo que quieren decir. Las actuaciones sostienen con precisión ese silencio molesto que atraviesa toda la obra.


En el escenario, también hay varias sillas que, en determinados momentos, las azotan contra el suelo. Ese movimiento produce un golpe que contrasta con el silencio de la puesta y marca la evolución en la relación de amistad entre Franco y Simón. Asimismo, algunas sillas son iguales entre sí y otras, diferentes, al igual que los personajes. Ellos también se asemejan en tanto comparten silencios, hechos vividos y, sobre todo, culpa. Pero se diferencian en algo. Ello es central en el desarrollo de la historia. Esa tensión también está presente en las disposiciones espaciales de los actores: se alejan y se acercan constantemente. Pese a todo, siempre se vuelve al mismo eje: el hecho sucedido 27 años atrás.


En síntesis, se trata de una historia fragmentada y de la necesidad de narrar para comprender la realidad. Uno de los personajes sueña, pero no ve rostros. La lógica de la culpa es justamente eso: una mancha difusa donde irrumpe a gritos el silencio. Una verdad casi inconcebible. Y un final exacto: todos los conceptos de la obra se conjugan en el momento del apagón final. Sin embargo, no termina allí. En ese preciso instante, sucede lo más interesante del teatro: el espectador comienza a plantearse todas las preguntas.


Ficha técnica:


Dramaturgia y dirección: Corina Fiorillo

Actúan: Gustavo Pardi y Roberto Vallejos

Música original: Tomás Pol

Diseño de iluminación: Ricardo Sica

Fotografía: Nacho Lunadei

Comunicación y prensa: Mutuverría PR

Diseño gráfico: Moreno Pereyra

Asistencia de dirección: Glenda Aramburu

Duración: 60 minutos







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