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“El panteón de los Garramuño”: una comedia más allá de la muerte

22 sept
3 min de lectura

Santa Fe recibe una obra más de José Ignacio Serralunga, esta vez de la mano de Silvia Paredes en la dirección, quien afirma y confirma la decisión de poner en escena textos dramáticos locales. Se trata de El panteón de los Garramuño, una comedia que destaca tanto por la dramaturgia como por las excelentes actuaciones. No es menor el adjetivo: el trabajo actoral que presenta esta puesta es extraordinaria por el manejo corporal y la interpretación de las particularidades de los personajes. Lejos de tratarse de una reflexión sobre la trascendencia de las almas, la obra nos acerca una mirada humorística sobre la cotidianidad que experimentan estos personajes después de la muerte, con sus propios problemas familiares no tan distintos a los nuestros.


Fotografía: Candela Abba
Fotografía: Candela Abba

Las diferentes generaciones de la familia Garramuño habitan el panteón de manera conjunta y se relacionan entre sí: la abuela, la madre y el hijo, interpretados por Mónica Rasetto, María José Serniotti y Fabio Abba respectivamente.  Sin embargo, cada uno conoce únicamente la época en que vivió y con esa información adquirida en vida, “vive” (imposible adjudicar un verbo a ese estado fantasmagórico) eternamente, encerrado dentro de esas paredes tan frías, descuidadas, solitarias. Y en ese tiempo coexisten muchas épocas diferentes, sin que logren superponerse unas con otras. Con ello, los personajes de generaciones pasadas no conocen las novedades posteriores, generando un juego de incomprensión muy divertido que mueve a risas a todo el público, más que nada con la irrupción de un nuevo personaje cuando ya está avanzada la obra: Matilde, a quien da vida Carina Cammaroto. Además, cada uno lleva consigo una marca o símbolo de su tiempo y conoce determinadas canciones que conocemos todos, pero que resultan más o menos significativas tanto para cada personaje como para los espectadores en la sala, que disfrutamos de maneras diferentes según nuestros propios recuerdos y asociaciones. Finalmente, este tiempo extraño modifica la propia experiencia de esa vida después de la muerte, desde un lugar muy divertido. Por ejemplo: ¿Cómo comen? ¿Cómo se bañan? ¿Cómo llevan adelante su día a día en ese lugar casi inhóspito? Así, se desencadenan una serie de acciones mímicas muy bien ejecutadas, que nos muestran con mucha gracia cómo vivir cotidianamente en la eternidad.


La puesta cuenta con unos vestuarios que se asemejan tanto a mortajas como a fantasmas o ángeles. El maquillaje crea unas facciones muy lúgubres, que acentúan los gestos faciales de los actores. Por otro lado, a propósito de las actuaciones, cabe destacar el excelente manejo de los tiempos: cada gesto, cada movimiento, cada palabra encuentra su momento exacto para realizar su aparición y está sumamente marcado. Así se configura un ritmo que nos mantiene atentos durante toda la obra y hace avanzar la trama de manera dinámica. Además, la apuesta por unos pocos efectos lumínicos y una escenografía que no se modifica durante la función, permite poner el foco casi exclusivamente en las actuaciones, que son el centro de El panteón de los Garramuño. Por supuesto, todo ello funciona en conjunto con la conocida dramaturgia de Serralunga: siempre da un giro que nos hace querer saber más: qué sigue, quiénes son esos personajes, a qué vienen y por qué están ahí. Disfrutamos mirar el escenario porque queremos saber qué ocurre entre esas paredes frías.


Y hay una última cuestión destacable de la obra. Si bien no tiene un carácter trascendental, se le otorga protagonismo a una pregunta que hemos escuchado más de una vez en alguna conversación casual: ¿qué hacemos con los cuerpos después de la muerte? Así, de manera cómica, la obra plantea las diferentes posibilidades: el panteón, la tierra o la cremación. Los personajes discuten acerca de esas opciones que son, en definitiva, el destino de su ¿vida? Y quizás es en este punto donde la pieza se torna un poco más reflexiva: los argumentos de unos y otros nos permiten pensar en estas cuestiones.


El panteón de los Garramuño encuentra en el humor una manera de hablar de la muerte, de la familia y de esas preguntas que siguen acompañándonos incluso después del final. Con una dramaturgia que sostiene la intriga y un trabajo actoral preciso, corporal y lleno de matices, la puesta dirigida por Silvia Paredes convierte ese panteón frío y solitario en un espacio habitado por distintas generaciones, recuerdos, canciones y conflictos familiares. Una comedia que se disfruta por sus actuaciones, por su ritmo y por la particular manera en que Serralunga vuelve a encontrar humor allí donde menos lo esperamos.


Ficha técnica:


Dirección: Silvia Paredes

Asistente de dirección: Catalina González Cammaroto

Pantaleona Inés: Mónica Rasetto

Gervasia: María José Serniotti

Jorge: Fabio Abba

Matilde: Carina Cammaroto

Vestuario: Ani Bugliolo

Intervención de vestuario: Silvia Paredes

Escenografía: María José Serniotti

Sonido y luces: Silvia Paredes

Fotografía: Candela Abba

Diseño gráfico: María José Serniotti

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