“Julito”: un cuento de Fontanarrosa en escena
- Carolina Notta
- 30 jul
- 4 min de lectura
En colaboración con @teatroensantafe
La narrativa de Roberto Fontanarrosa se convierte en escena con la adaptación teatral que realiza Darío Giles del cuento “Julito”. Antes de comenzar la función, el propio director anticipa que “Fontanarrosa ya escribe teatralmente”, afirmación que encuentra una perfecta correspondencia con las decisiones que asume en la dirección de esta puesta, en la que el relato no sólo es trasladado al escenario, sino también complementado y expandido a través de los recursos propiamente teatrales.

La obra, junto con Sueño de barrio, forma parte del espectáculo Maratón Fontanarrisa y cuenta con más de 40 funciones realizadas. En esta ocasión, se presentó en la sala de El Taller, que cuenta con una disposición escénica particularmente interesante. El escenario-cocina-comedor donde transcurre la acción presenta unas dimensiones que remiten al espacio doméstico y se completa con una escenografía que incluye un sillón de living, una mesita y una silla, en una puesta de marcado realismo. Además, las butacas están dispuestas en forma de L, de modo que la escena puede observarse desde diferentes perspectivas según el lugar que ocupe cada espectador. Esta disposición establece, a su vez, un juego con los actores, que deben actuar hacia dos frentes. Como público, sentimos que miramos hacia el interior de la casa por la ventana de esa cocina, mientras Julito mira hacia afuera por el mismo lugar: espiamos el interior de la casa y, con él, los conflictos internos de una familia que podría ser la de cualquiera de nosotros.
La decisión más acertada de la puesta en escena es, quizá, su comienzo. Nos encontramos completamente a oscuras en la sala y solamente escuchamos la narración oral del cuento. En medio de esa oscuridad, atendiendo únicamente a un estímulo auditivo, podemos dar rienda suelta a nuestra imaginación sobre aquello que se está relatando. Poco a poco, la sala comienza a iluminarse y aquello que imaginamos empieza a materializarse ante nuestros ojos: la escenografía, los sonidos ambientales y Julito, el personaje central de esta historia. Se trata de un pasaje muy sutil y excelentemente logrado del relato a la escena: el acto mismo de adaptar el cuento al teatro se convierte en protagonista y adquiere una dimensión particular durante estos primeros minutos de la función. Primero imaginamos; luego vemos aquello que habíamos imaginado. De este modo, la puesta hace del tránsito entre literatura y teatro una experiencia para el espectador.
Las actuaciones son muy fieles al texto original y se desarrollan dentro de un registro realista. Vemos en escena a una familia de clase media, reconocible en sus modos de relacionarse y en las preocupaciones que organizan su vida cotidiana. Marcos Álvarez le aporta a Julito la inocencia propia de un chico criado en una familia preocupada por transmitirle determinados valores. Sin embargo, el actor también logra transmitir la complejidad del personaje: parece permanecer ajeno a la gravedad que los padres atribuyen a lo sucedido y manifiesta una actitud despreocupada frente a las consecuencias de su propio accionar. No le otorga demasiada importancia a aquello que ocurre a su alrededor, ni siquiera al hecho que desencadena el conflicto de la obra. Esta distancia entre la gravedad del acontecimiento y la naturalidad con que Julito lo vive constituye uno de los puntos claves para el humor.
Roberto Trucco, por su parte, ocupa gran parte del escenario, tanto por su corporalidad y sus movimientos como por su voz fuerte y su presencia escénica. Es el padre y, además, quien concentra el poder dentro de esa familia: la sostiene económicamente y asume el deber de protegerla. Junto con su esposa, interpretada por Gabriela Formichelli, se preocupa por la dimensión moral del problema suscitado a causa de Julito y, especialmente, por el qué dirán de los vecinos, en un barrio donde todos se conocen. Mientras Trucco expresa el enojo, la decepción y la necesidad de actuar para solucionar el conflicto, Formichelli construye a una mujer ingenua, cuyos rasgos aparecen tanto en sus comentarios desafortunados y fuera de lugar como en la gestualidad que aporta la actriz a su personaje.
Todos estos elementos contribuyen a generar un clima cómico en el que nos reímos de lo que sucede en escena y de los problemas de una familia que, aunque en principio parecen ajenos, resultan completamente posibles y reconocibles. Aquí aparece otro de los grandes aciertos de Julito: la decisión de llevar a la escena este cuento que, a través de una situación ocurrida en el seno de una familia de clase media, logra poner de manifiesto temas mayores: la corrupción estatal e institucional, principalmente. Así, desde una trama muy simple, nos invita a pensar determinadas cuestiones que forman parte del imaginario social de la sociedad argentina: ¿quiénes son los ladrones? ¿cuál es la vara con la que medimos la moral? La situación se complejiza y adquiere una dimensión aún más cómica cuando aparece, justamente, la doble moral. ¿Es esa familia tan correcta como pretende mostrarse? ¿O no es más que una apariencia que se sostiene mientras nadie mire demasiado de cerca?
Podemos haber leído el cuento de Fontanarrosa, pero la puesta en escena de Darío Giles nos permite volver a él desde otro lugar. La adaptación no se limita a reproducir aquello que ya estaba escrito: hace visible su potencial teatral y encuentra en los cuerpos, las voces, el espacio, la iluminación y la relación con el público nuevas formas de construir el sentido. Es precisamente en el pasaje del cuento al teatro donde Julito encuentra su mayor riqueza: demuestra que una historia puede volver a ser contada sin dejar de ser la misma, pero adquiriendo, al mismo tiempo, una nueva vida sobre el escenario.
Ficha técnica:
“Julito” de Roberto Fontanarrosa
Padre: Roberto Trucco
Madre: Gabriela Formichelli
Julito: Marcos Álvarez
Adaptación del cuento, dirección y puesta en escena: Darío Giles



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