"Niños expósitos": entre el amor, el deseo y la ambición
- Carolina Notta
- 12 ago 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 6 feb

La crítica original fue publicada en Lee Mateo, el Medio Argentino de Teatro Online de la Asociación Argentina de Crítica e Investigación Teatral (AINCRIT). Disponible en: https://leemateo.com.ar/?p=4532
Niños expósitos de Rafael Bruza fue puesta en escena bajo la dirección de Omar Jacquier en la ciudad de Santa Fe. Luego de su estreno y de varias funciones realizadas en julio de 2025 en la sala “La 3068”, se presentó el día 8 de agosto, en el marco del “Viernes de escénicas” del Foro Cultural de la Universidad Nacional del Litoral. Cuenta con actuaciones del mismo Jacquier y de Fernando Belletti.
Omar y Fernando, los personajes de Niños expósitos, son eso: niños expósitos que, tras su abandono, han sido criados por el padre Roberto, bajo la palabra de Dios y la fe católica. En este momento, son adultos y se encuentran en el seminario, haciéndose cargo de quien fuera su “padre” en otros tiempos y que ahora está demasiado enfermo. La acción es un diálogo entre Omar y Fernando, con divertidas ocurrencias y planes disparatados para lograr sus objetivos.
Omar Jacquier y Fernando Belletti interpretan cada uno a sus personajes homónimos, que presentan dos historias diferentes dentro de sus caminos eclesiásticos: uno oscila entre el amor divino y el amor carnal; el otro, presenta un dilema entre el amor a Dios y el sacrificio que ello conlleva en la Tierra y dentro de la Iglesia. El celibato y la designación clerical para suceder al padre Roberto funcionan como disparadores de tales conflictos, instalando un debate constante que articula toda la obra.
Sin embargo, desde el comienzo de la pieza, los personajes afirman la tan conocida frase: “El hombre propone y Dios dispone”, lo que resulta clave en la comedia. Por supuesto que los planes que traman se alejan notablemente de los preceptos católicos. De manera muy divertida y mediante recursos cómicos corporales, lingüísticos y escenográficos, llevan al espectador a la reflexión profunda: ¿En qué punto el deseo se convierte en ambición desmedida? ¿Cuánto se está dispuesto a dar para alcanzar el resultado? Todo ello acompañado de cambios de vestuario, a cargo de Osvaldo Pettinari, que sorprenden y enfatizan la acción. Asimismo, la selección de objetos de utilería resulta excelente: precisa, clave para el desarrollo de la historia y cómica en sus momentos de aparición.
Fernando escucha a Dios en sueños, pero la pregunta que le surge a Omar y a nosotros como público es: ¿Dios lo escucha? ¿Escucha sus deseos? Y mejor aún: ¿Se dispone a cumplírselos? Dos niños expósitos, abandonados por sus padres y ¿por Dios? Sin padres biológicos, con el padre Roberto extremadamente enfermo y el padre celestial que no se manifiesta, los personajes deciden actuar humanamente, sin atenerse a los preceptos católicos ni a lo que está bien y a lo que está mal. Dos actores que no sólo dan vida a Omar y a Fernando, sino que aportan la ternura infantil, la inocencia y el juego constante. Se destaca la composición de los personajes y el trabajo corporal de Jacquier y de Belletti, porque nos transportan a un tiempo doble: la infancia y la adultez. Nos conmovemos y nos reímos con sus planes. Los seminaristas, aquellos que mejor conocen el amor a Dios, son quienes habilitan la posibilidad de ir en su contra.
Existe una suerte de paralelismo entre lo visible y lo invisible, entre la palabra y la acción. Propone dos planos que se reflejan: por un lado, Dios como entidad inaccesible y, por otro, los hombres en la Tierra. Del mismo modo, en la puesta en escena existe un espacio vedado al espectador: la acción que ocurre detrás del telón, que sólo está sugerida y que conocemos por la narración de los personajes. Eso que ocurre fuera de la escena se revela únicamente a través del relato de los personajes, estableciendo un espejo con su propia imposibilidad de “ver” a Dios. Las decisiones en cuanto a la aparición de sonidos y objetos desde ese otro lugar, condensan toda la historia que no vemos, pero que se vuelve importante para la acción.
No obstante, creemos en la narración de Omar y de Fernando, así como ellos creen en la palabra de Dios. En este sentido, la palabra adquiere relevancia porque se cuestiona su efecto práctico. Así, se vuelve tan metafórico y, en algún punto disparatado, tanto lo que Dios tiene para decir (basta con prestar atención a las ofrendas que le pide a Omar), como aquello que los seminaristas proponen en sus planes. Lo que interesa es: ¿Dónde inicia y dónde termina la metáfora? ¿En qué momento la palabra se vuelve acción?
Un último punto a considerar y quizás el más impactante es la tensión entre el amor y el odio al padre: a Dios y al padre Roberto que los ha criado. Rafael Bruza, autor de esta comedia, coloca las frases que calan en lo más hondo de nosotros mismos en el momento cúlmine de la obra. Sin resultar explicativas, aportan luz a toda la historia y generan tanto la conmoción como la reflexión en el espectador acerca de lo que se está mirando, sobre los sentimientos de los personajes y de nosotros mismos: ¿Qué es lo opuesto al amor?
Una obra muy recomendable para divertirse y hacerse preguntas. Más allá del trasfondo eclesiástico, nos invita a reflexionar sobre el deseo y la ambición, las imposiciones y los preceptos. Desde la mirada de dos niños expósitos, ahora adultos (¿abandonados también?), podemos indagar sobre nuestros propios deseos y los planes que ideamos para concretarlos, pero aún más, sobre el odio y el amor. Que cada quien decida si pone el foco en el amor divino o en el terrenal. Se trata del amor a fin de cuentas.
Ficha técnica:
Actuaciones: Fernando Belletti y Omar Jacquier
Diseño y realización de vestuario: Osvaldo Pettinari
Diseño de programa: María José Serniotti
Diseño de luces: Omar Jacquier
Efectos de sonido: Diego Perazzo
Asistencia escénica: Marcela Cataldo y Rocío Rivas
Técnica: Antonella Pennisi
Producción: Mariana Mathier
Dirección: Omar Jacquier



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