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“Última escena (como si fuera real)”: convertir la ausencia en teatro

6 oct
3 min de lectura

Última escena (como si fuera real) pone en primer plano la construcción de la dramaturgia y de la representación autoficcional: ¿cómo volver estético un hecho vivido por el actor? Momentos de una vida que vuelven a pasar por el cuerpo escénico una y otra vez, en cada interpretación que realiza el actor de sí mismo durante el ensayo. Es que sí, parece que presenciamos el ensayo de una obra que se estrenará en el futuro, pero sabemos que estamos ante una escena perfectamente pensada y ejecutada para producir tal efecto. Además, los propios personajes ponen en jaque la percepción de la puesta como un ensayo: José Pablo Viso interpreta al actor, al aprendiz y al escritor de la pieza que se ensaya, pero también es el hijo que ha perdido al padre; Raúl Kreig encarna la figura paterna, el padre ausente, y al mismo tiempo es el maestro y una suerte de cocreador de la historia que el actor pretende contar: la pérdida del padre o la pérdida del maestro o la pérdida de ambos. La trama agrega un elemento más: los dos conocen al padre que ya no está presente, cada uno con su mirada sobre la ausencia.


Fotografía: Leonardo Gregoret
Fotografía: Leonardo Gregoret

Lejos de tratar el tema con un tono serio, la trama transcurre entre el drama de la pérdida y la obsesión por encontrar la interpretación perfecta para el personaje, entre escenas de pesca y de hospitales, mientras por momentos suena Franco de Vita de fondo. Y una escena tras otra avanzan entre las risas del público. Porque la obra plantea la pregunta: ¿Qué es un padre? Y en la fusión entre el padre-maestro, basta con ver a Kreig para comprender por qué la puesta funciona: sus movimientos orgánicos presentan un cuerpo que porta la experiencia actoral y la experiencia en el escenario de ese maestro. En cambio, Viso, en rol del actor-aprendiz-hijo, despliega movimientos rígidos, toscos y casi torpes, una dicción atolondrada y expresa una ansiedad desbordada al momento de intentar resolver las escenas, que contrasta con la calma propia del maestro-padre. El actor tiene una idea para poner en escena, pero aún no encuentra la manera de narrarlo. Y vuelve otra vez la pregunta: ¿cómo convertir un duelo, un hecho que nos marca para siempre, en una pieza teatral? ¿Cuánto de realidad y cuánto de ficción? ¿Quién define el “cuánto”? Únicamente hay una certeza: quien decide siempre es el TEATRO.


Alejandrina Echarte y Sergio Abbate diseñan un escenario casi vacío, donde los espacios posibles se multiplican, así como también se inventan múltiples maneras de narrar e inventar el recuerdo. ¿Qué es el recuerdo sino una invención? Una sucesión de fragmentos a la que intentamos darle un orden. Mezcla de lo vivido y lo supuesto. Y emerge así la autoficción como eje de la dramaturgia. Tiene valor aquello que logramos narrar: inventar la historia, escribir el guion, ensayar la obra, interpretar al padre, interpretar al hijo, al maestro, al estudiante. Dar lugar a que otro intervenga la propia historia personal: mostrarla y atender a los elementos que exige el teatro: la dicción, el tono, la gestualidad. Todo aquello que no cambia la narración, pero sí la escena teatral. A eso se suma la iluminación, porque el sutil juego de luces hacia el final construye un contraste fundamental entre el cálido y el frío: casi como si allí se condensaran las identidades de ambos personajes.


Última escena (como si fuera real) es el ensayo de una escena que ronda sobre una pregunta por el padre. Límites que se problematizan permanentemente: el padre-maestro, el hijo-aprendiz-actor, el actor-personaje. Entre las risas de los espectadores, la obra bucea en los recuerdos personales y en cómo hacer teatro a partir de la propia historia. Vemos sobre el escenario el proceso mismo de la actuación: el actor conoce lo que el personaje aún no ha vivido. Sin embargo, mediado por la autoficción, se plantea una pregunta importante: ¿cómo actuar, entonces, aquello que sabemos que va a doler otra vez? Y Viso y Kreig ensayan una y otra escena, pero hay una que siempre se demora. Quizás sea sencillo interpretar la vida de otra persona o de uno mismo, pero: ¿cómo interpretar la propia muerte, esa última escena (como si fuera real)?


Ficha técnica:


Texto y actuación: Raúl Kreig y José Pablo Viso

Dirección general: Sergio Abbate

Asistencia de dirección: Alejandrina Echarte

Diseño de espacio escénico: Alejandrina Echarte- Sergio Abbate

Diseño y operación de luces: Oscar Heit

Diseño gráfico y realización: Soledad Grossi

Fotografía: Leonardo Gregoret

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