“Como encendida”: detenerse, contemplar y disfrutar
- Carolina Notta
- hace 4 días
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Actualizado: hace 4 días
En colaboración con @teatroensantafe
Nina, ese entrañable personaje chejoviano, regresa quince años después al lugar desde donde partió. Allí, encuentra el teatro donde comenzó sus actuaciones con los textos escritos por Treplev. Ahora, el espacio está en ruinas, pero toda ruina lleva consigo implícito el problema del tiempo: proceso y cambio. Como encendida nos exige a los espectadores dos acciones: detenernos y contemplar, para poder asir, desde el tono melancólico de la protagonista, una revisión del paso del tiempo y acompañar, mientras somos parte, su anhelo por lo que no fue y jamás será.
Lo primero que podemos observar al ingresar a la sala es la magnífica escenografía: el

escenario donde Nina lleva adelante las obras en La gaviota está raído, ajado, amarillo, roto. Como si se hubiese detenido en el tiempo desde que la actriz partió siguiendo a Trigorín. Me resulta imposible no pensar en las ruinas y en su efecto cuando son miradas desde el presente. Lucas Margarit y María Inés Castagnino proponen que toda ruina lleva implícito el proceso del tiempo: proceso y cambio. Y continúan mencionando que cambia el objeto que se observa, pero también el modo en que el sujeto lo vuelve a mirar. Así, tanto el sujeto como el objeto quedan sometidos a la misma degradación del tiempo. Ello nos lleva a preguntarnos: ¿De qué manera mira Nina esa transformación del espacio y de ella misma? ¿Cómo acceder a aquello que ya no está y que es parte del pasado, pero que se resignifica en esta nueva mirada? Como encendida presenta una respuesta totalmente artística para responder esos interrogantes: la narración de la protagonista sobre lo que siente, la música que solicita que suene ininterrumpidamente, una mise en abyme en escena y una frase que menciona ella misma: mejor no volver a los lugares donde uno ha sido feliz y, si se vuelve, que sea con los ojos cerrados.
La dramaturgia de Alberto Serruya nos transporta al ambiente característico de Chéjov. Una obra cuyo argumento pareciera ser un duelo con el pasado y un personaje que apenas realiza acciones físicas. Mientras tanto, todos los procedimientos con que se construye la mirada sobre el pasado, permiten reactivar el recuerdo en el presente, y la historia de La gaviota aparee latente durante toda la función. Como encendida exige presencia por parte del espectador, para que interprete la vastedad de símbolos que refieren a la obra original. Carolina Cano interpreta de manera excepcional a esa Nina entrada en años, cuya única acción posible es rememorar un pasado que ya no existe y lamentarse por aquello que no va a volver. Su voz, sus gestos y sus movimientos transmiten tristeza y melancolía, pero también ternura en los momentos en que se cuida a sí misma, a esa joven actriz que estaba llena de sueños. Ella exige que la música no se acabe nunca, como si fuera lo único que la sostiene. Y aquí aparece el segundo personaje: un músico errante que nos deleita durante toda la función con su arte, interpretado por Juan Candioti. Entre ambos, construyen una escena que funciona como mise en abyme, el teatro de La gaviota en sus orígenes dentro del teatro en Como encendida. Sin dudas, fue la parte que me resultó más emocionante.
El público debe detenerse y contemplar lo que sucede en el escenario. Y aquí aparece algo llamativo: una obra que habla del tiempo perdido, un tiempo que ha pasado demasiado rápido y al que no se puede volver, desarrolla todas las acciones en el presente sin ninguna prisa. Y, lejos de ralentizar la obra, se disfruta esa misma lentitud, en su propio devenir. En este sentido, lo que adquiere sentido son los detalles visuales y auditivos. La contemplación de todos los elementos que están presentes en escena, sobre todo la armonía entre el vestuario, la calidez de las luces y los tonos de colores que forman parte de la escenografía. Esta detención sugiere una especie de inmovilidad, como si el tiempo ahora estuviese detenido o sucediendo más lento, para que Nina pueda sentir, rememorar y expresar todo aquello que no pudo decir a tiempo.
Y una de las partes más conmovedoras de la puesta es la gran reflexión que realiza la protagonista sobre los actores y la actuación, luego de haber vivido todas sus experiencias. Es emotivo y desgarrador a la vez, cuando todo ello aparece atravesado por el dolor y el teatro surge como único y último medio para poder expresar ese sentimiento. Como encendida está articulada entre el anhelo de lo que no fue y la resignación frente a lo que jamás será: ¿Se puede convertir todo eso en arte? La obra de Serruya encuentra allí una respuesta posible.
Texto citado:
Margarit, L. Y Castagnino, M. I. (2024). Ruinas, vestigios, restos : hacia una definición de una estética de la degradación
en la literatura y cultura inglesas. Buenos Aires: Editorial de la Facultad de
Filosofía y Letras Universidad de Buenos Aires. (P. 12)
Ficha técnica:
Actúan: Carolina Cano y Juan Candioti
Vestuario: Ignacio Estigarribia
Música: Juan Candioti
Iluminación: Ubaldo Ledesma
Escenografía: Oscar Kurtz
Prensa y difusión: Rosana Balbuena
Asistencia de dirección: Luz Labrousse
Fotografía: Martín Bayo
Diseño gráfico: Alejandrina Echarte
Diseño de títere: Chechu Piccioni
Idea, dramaturgia y dirección general: Alberto Serruya



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