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«El niño salvaje»: entre la infancia y la animalidad

  • Carolina Notta
  • 29 nov 2023
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 6 feb

Créditos: Karen Temperini
Créditos: Karen Temperini

La crítica original fue publicada en Lee Mateo, el Medio Argentino de Teatro Online de la Asociación Argentina de Crítica e Investigación Teatral (AINCRIT). Disponible en:



La obra, escrita por la dramaturga belga Céline Delbecq, dirigida por Desiderio Penza e interpretada por Mariano Rubiolo, se estrenó en Santa Fe este año 2023, en el multiespacio Valeri Montrul.


El niño salvaje no necesita presentación, estalla en el instante mismo en que el espectador ingresa a la sala. Una escena mínima: un actor, una mesa y un proyector, narran la historia de un niño (o niña) salvaje, que un hombre cualquiera encuentra en una plaza de su ciudad, tal como indica la sinopsis. La obra irrumpe a gritos ante esos pocos espectadores que acoge, en un momento íntimo, la sala de Valeri Montrul.


El espectador asiste a la excelente narración de una historia que genera un contraste curioso entre el sonido y el silencio de la infancia: se trata de dar voz a esos niños cuyas voces son silenciadas, o bien, poner en palabras la lengua de la infancia. El filósofo italiano Giorgio Agamben en su libro Infancia e historia, establece la diferencia entre el “animal”, o salvaje en este caso, y el “hombre”, a partir de la posibilidad que tiene de “poder decir”:


“los animales no están privados de lenguaje; por el contrario, son siempre y absolutamente lengua […]El hombre, en cambio, en tanto que tiene una infancia, en tanto que no es hablante desde siempre, escinde esa lengua una y se sitúa como aquel que, para hablar, debe constituirse como sujeto del lenguaje, debe decir yo” (Agamben, 2007: 72-73).


Cuando el hombre se constituye como sujeto de lenguaje, se vuelve histórico. Antes, en la infancia sin lengua, sólo se conoce la experiencia que, en El niño salvaje, es la experiencia de la crudeza, el abandono, la soledad, el niño sin lengua, que, en silencio, pide a gritos auxilio. Las miradas, gestos, voz y posturas de Mariano Rubiolo, quien interpreta a ese “hombre cualquiera”, invita constantemente al público a ser partícipes de la historia, desde la conmoción, la identificación con el personaje y la reflexión a través de la pregunta que abarca toda la escena: ¿qué hacemos con esta situación?


La trama de la obra es clara, una niña, de la que nadie conoce su origen, es encontrada por un hombre cualquiera en una plaza de la ciudad, enfrentándose ambos a circunstancias adversas en las que nadie, más que ellos mismos, se hacen cargo de la situación. Así, se plantea la problemática del abandono de los niños que nunca han sido el centro de su propia historia, que no tienen voz, sino que son hablados por un sinfín de personas. La niña, que no tiene corporalidad en escena, pero que el espectador llega a imaginarse, e incluso parece verla, nos permite realizar una interpretación desde la Biopolítica. Entonces, ella se nos presenta como un “niño [niña] sacer”, que Eduardo Bustelo, en su libro Recreo de la infancia, define como “[aquellos niños] a quien se asesina o apenas sobrevive en la vida desnuda. Así es la nuda vida, la vida «desnuda», a la que cualquiera puede anular impunemente” (Bustelo, 2007: 26). La vida de esta niña se presenta ante el hombre y ante el público desde su realidad más cruda, cuestionando las acciones de todos los personajes a los que se enfrentan. Sólo un hombre cualquiera puede encontrarla en la plaza de una ciudad y, aún más, puede mirarla a los ojos y descubrirla. Una revisión a la pregunta: si nadie se hace cargo, ¿qué sucede cuando alguien sí lo hace? Lo que pareciera ser una respuesta obvia se vuelve extraña, la acción, la toma de posición ante el hecho, genera un problema. 


El niño salvaje también nos presenta una imagen problemática: un niño y un salvaje, como el epígrafe de Gauguin en La república lumniosa del autor español Andrés Barba (2017): “Soy dos cosas que no pueden ser ridículas: un salvaje y un niño”. De esta manera, la obra nos habilita otra posible lectura, aquella en la que el salvajismo se nos sugiere a partir de la animalidad en la infancia, es decir, los niños-animales o salvajes, constitutivos de una alteridad referida a la no-persona, si pensamos el lugar desde el cual se narra la historia. Desde el comienzo, la animalización y el salvajismo exponen la atrocidad de esta infancia, la infancia otra, que conmueve por su perpetua existencia pero que nadie ve. Se trata de los niños que no tienen un lugar fijo asignado y atraviesan diferentes espacios, nunca la casa familiar.


La obra, con dirección de Desiderio Penza y dramaturgia de Céline Delbecq, invoca a los dos personajes mencionados. La magnífica interpretación de Mariano Rubiolo, exalta la narración de la niña, cuya aparición es de orden textual, y la vuelve presente. La niña/animal se vuelve algo extraño ante los ojos, como si fuera la primera vez que vemos la infancia. Mariano Rubiolo, ese hombre común, nos invita a mirar con sus ojos a ese niño (niña) y a dejarnos con más preguntas que respuestas: ¿qué lugares ocupan estos niños?, cuestionando los espacios que se le asignan a estas infancias alternas en la sociedad.


En suma, la obra no sólo se nos presenta como una reflexión acerca de la infancia, sino una invitación a preguntarse ¿cuál es el lugar de esa infancia salvaje? Una propuesta, más que a cambiar el foco desde donde se observa, a enfocar, a mirar lo que ya está allí, y una invitación a la reflexión: ¿Qué hacemos después de esto? ¿Cómo volvemos a mirar la infancia?


Ficha técnica:


Autora: Céline Delbecq

Traductores: Nadxeli Yrízar Carrillo y Humberto Pérez Mortera

Actuación: Mariano Rubiolo

Generación de imágenes: Midjourney

Curación de imágenes: Desiderio Penza

Diseño y redes: Karen Temperini

Asesoría de vestuario: Ignacio Estigarribia

Prensa y difusión: Rosana Balbuena.

Producción: La Comedia Catalana, Rosana Balbuena y Esteban Cadoche

Dirección general y puesta en escena: Desiderio Ángel Penza

Duración: 80 minutos

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