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“Hamlet, bueno para nada”: desarmando a Shakespeare

10 sept
3 min de lectura

En colaboración con @estudiobarno


“The rest is silence”. Hamlet, bueno para nada es la antítesis verborrágica del trágico final de Hamlet de William Shakespeare. Pablo Tibalt interpreta al único personaje, el protagonista, en una obra que despoja de toda solemnidad al personaje y a la tragedia misma. Digo “despoja” y no “desnuda”, porque esta puesta juega constantemente con el estar libre de todo, pero resguarda la desnudez corporal. Tibalt cambia constantemente de vestuarios y, con ello, da vida a los diferentes personajes de la obra original con una versatilidad magistral. Encarna a cada uno y a todos los personajes que, con sus características particulares, emergen desde una bolsa mortuoria: una imagen que acecha la escena durante toda la función e intenta anticipar la tragedia que todos conocemos.


Fotografía: Josefina Tosetto
Fotografía: Josefina Tosetto

Pero no sólo aparecen los personajes shakesperianos que se mueven entre el poder, la venganza y la realeza, sino que Tibalt también interpreta a un actor, a él mismo, a Pablo. Y ya no se sabe si la obra habla de la tragedia de Hamlet o de la tragedia del actor que asume un papel en el escenario y debe sortear una serie de peripecias que se le presentan. Así, se pone en juego una nueva dimensión: el metateatro. Hamlet, bueno para nada nos muestra el teatro como acontecimiento convivial. Saca a relucir que toda puesta en escena necesita de un actor, pero también de espectadores. En nostros recae una parte de la trama: nos hace partícipes de la obra y somos necesarios para que se desarrolle la trama. El actor-personaje conversa constantemente con nosotros, nos muestra parte del equipamiento técnico que se necesita para hacer posible la función y dialoga con su director. Expone el proceso mismo de hacer una obra teatral y de poner en escena nada más y nada menos que Hamlet.


Esta obra dirigida por Walter Arosteguy y producida en conjunto entre Teatro del Bardo y Estudio Barnó, le quita la solemnidad al protagonista del teatro isabelino. Lo universal aparece ahora en lo cotidiano: la mirada del padre, la relación con la madre y todo aquello que queda oculto en los problemas de la realeza. Hamlet se vuelve un personaje cercano al actor y a nosotros mismos. Todo esto se logra de manera increíble con el excelente trabajo en la dramaturgia, que incluye fragmentos del texto original y textos propios. La obra sigue la trama original al mismo tiempo que la corrompe para hacer “otra cosa”. Además, es destacable la actuación de Tibalt. Logra un ritmo ágil, atrapante y, al mismo tiempo, construye una relación muy próxima con los espectadores. Arma y desarma la escena todo el tiempo, así como entra y sale de un personaje a otro, incluso de sí mismo. Imposible dejar de mencionar la interpretación que realiza de Gertrudis, donde mantiene los rasgos femeninos del personaje de comienzo a fin, mientras luce un elegante vestido realizado por Ignacio Estigarribia, quien está a cargo del vestuario.


Un hecho más a tener en cuenta y que no pasa desapercibido como espectador o espectadora: vemos en el escenario un actor que se despoja de todos sus prejuicios y de sí mismo para jugar a ser otro y entregarse completamente a esos personajes y al público: la obra pone de manifiesto lo fundamental del trabajo del actor. Y es eso lo que me atrae del teatro, aquello que me hipnotiza y me mantiene en plena presencia física, mental y emotiva, frente a la ficción que acontece ante mis ojos. Hamlet, bueno para nada es una obra que no solo dialoga, desmonta y reconfigura la tragedia de Shakespeare, sino que también reflexiona sobre el propio quehacer teatral.


Hamlet, bueno para nada apuesta a un nuevo personaje shakesperiano. Con menor solemnidad, convierte la tragedia en una experiencia ágil y profundamente cercana a los espectadores. Pablo Tibalt despliega una increíble versatilidad para encarnar a los múltiples personajes y, al mismo tiempo, jugar con su propia figura de actor, en un vínculo permanente con el público. La obra transita entre Shakespeare, el metateatro y el juego escénico hasta conducirnos hacia un final inimaginable (en el mejor de los sentidos), que termina de desarmar todas nuestras expectativas. Una propuesta que no solo revisita Hamlet, sino que también celebra el oficio del actor y el acontecimiento teatral.


Ficha técnica:


𝗔𝗰𝘁𝘂́𝗮 Pablo Tibalt

𝗗𝗶𝘀𝗲𝗻̃𝗼 𝗱𝗲 𝗶𝗹𝘂𝗺𝗶𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 Gabriela Trevisani

𝗩𝗲𝘀𝘁𝘂𝗮𝗿𝗶𝗼 Ignacio Estigarribia

𝗘𝗻𝘁𝗿𝗲𝗻𝗮𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗖𝗼𝗿𝗽𝗼𝗿𝗮𝗹 Paula Copello

𝗙𝗼𝘁𝗼𝗴𝗿𝗮𝗳𝗶́𝗮 Josefina Tosetto

𝗗𝗶𝘀𝗲𝗻̃𝗼 Natalia Hallam

𝗣𝗿𝗼𝗱𝘂𝗰𝗰𝗶𝗼́𝗻 Teatro del Bardo y Estudio Barnó

𝗗𝗶𝗿𝗲𝗰𝗰𝗶𝗼́𝗻 Walter Arosteguy

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