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“La quietud de los huesos”: entre el refugio y el encierro

7 sept
3 min de lectura

En colaboración con @estudiobarno


En el mes de agosto, la sala de Estudio Barnó recibió la obra La quietud de los huesos. Escrita y dirigida por Tamara Honigman, la puesta en escena nos coloca frente a la extrema soledad de una mujer encerrada en su casa y en su propio cuerpo.


Gimena Correa interpreta de manera increíble a ese personaje que bucea por su pasado y nos atrapa con una narración de los hechos más significativos y trágicos de su vida, que avanzan de a saltos. Es que se trata de la expresión de una mente que piensa demasiado, que pasa de una cosa a la otra sin un orden lógico o causal: experiencias yuxtapuestas sin aparente conexión. Como si dijera todo lo que no ha dicho nunca. Una mujer que también está atrapada en sus propios pensamientos.


Fotografía: Lautaro González
Fotografía: Lautaro González

La actriz alcanza un estado corporal muy bien logrado: un cuerpo que contiene todo lo que no puede salir con palabras, que se resiste, tenso. Pero por momentos se le escapa, así como también lo hace su necesidad de contarlo todo. Movimientos que huyen de su control y se vuelven dancísticos en el escenario. Con ese cuerpo, nos presenta una historia teñida de nostalgia y melancolía, que se va construyendo por partes y le permite a esa mujer hacerse preguntas sobre el presente. Arma su historia como arma su casa, con esa espectacular escenografía que se va descubriendo a lo largo de la obra. Además, es destacable el recurso de colocar una cerradura en la parte del frente del escenario, como si nos indicara y nos recordara todo el tiempo que estamos mirando hacia el interior de ese hogar ajeno al mundo. Un espacio que marca con precisión los límites entre el adentro y el afuera. Una casa de la que no se puede entrar ni salir. Y aquí se asemeja a su cuerpo. ¿Cuántas veces quisiéramos huir de nuestra casa y de nuestro cuerpo?


Lo inmutable, lo cotidiano, aquellas acciones que se repiten todos los días, como si fuera parte de un tiempo y un espacio circular son lo que sostiene al cuerpo de esa mujer y lo que le otorga algo de sentido a la vida junto con el recuerdo de su pasado. Una casa que protege del exterior y que impone una temporalidad otra para volverse refugio. Hélène Cixous, en su famoso libro La risa de la medusa, reflexiona sobre el sentido de la “casa” como un espacio largamente asignado a la mujer y propone una definición al respecto: a la mujer le corresponde escuchar lo que ocurre “en el interior, de su vientre, de su «casa»” (Cixous, 1995, p. 18). Y es aquí donde esta cita que recuperamos ilumina la puesta de Honigman y la vuelve aún más interesante. La casa en el escenario es el vientre de la mujer, es decir, su propio cuerpo, como el cuerpo del personaje que es refugio de sus pensamientos, que contiene toda su historia, aunque sus huesos estén en una eterna quietud. Pero hay algo más inquietante todavía: esa casa-cuerpo también encierra desde la disposición escenográfica y desde la “quietud de los huesos” que se sugiere desde el título y que interpreta a la perfección Correa: algo así como una casa peligrosa. En ese espacio, el cuerpo se aquieta y se entorpece. ¿Cómo recuperar el control cuando la mente se desequilibra y salta de un recuerdo a otro? Inventando una casa que nos contenga, pero teniendo en cuenta que puede convertirse en su cara oscura. Aquí se juega el mayor acierto de la obra.


La quietud de los huesos es una puesta en escena con una excelente conjunción entre dramaturgia, actuación y escenografía. La narración, mediante saltos temporales, nos invita a descubrir esa casa-cuerpo de la mujer que la habita en una eterna quietud temporal, espacial y corporal. Nos introduce en lo más profundo de los sentimientos y pensamientos de este personaje, con una sensibilidad que (me) conmueve demasiado. Una de las obras mejor logradas que he visto hasta el momento.


Ficha técnica:


Actuación: Gimena Correa

Escenografía y asistencia: Rubito Tesei

Vestuario: Luciana Jaime

Fotografía y video: Lautaro González

Diseño gráfico: Ana Guerra

Dirección: Tamara Honigman

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