Padre Pedro: cotidianidad y violencia
- Carolina Notta
- 19 ago
- 4 min de lectura
Un pueblo, una iglesia, un vecino y el Padre Pedro. La obra escrita y dirigida por José Ignacio Serralunga no necesita nada más para introducirnos en una historia cargada de tensión. Los dos personajes, Dante y el sacerdote, son interpretados por los reconocidos actores santafesinos Claudio Paz y Mariano Rubiolo, respectivamente. Ambos son personajes sin rasgos extravagantes, inmersos en una cotidianidad que se sucede día tras día en ese espacio donde todo el mundo se conoce. Dante es un hombre de apariencia sencilla y calma: un vecino de pueblo sin preocupaciones mayores. El Padre Pedro, por su parte, es una buena persona con una amplia sonrisa, siempre dispuesto a ayudar al prójimo. Hasta que una confesión frente al cura nos introduce en una historia sumamente tensa, que nos demuestra que estos personajes son más complejos de lo que parecen.

A partir de ese momento, la excelente dramaturgia de Serralunga nos coloca en un lugar interesante: queremos saber toda la verdad sobre aquello que confiesa Dante. Sin embargo, cuando creemos conocer algo y comenzamos a realizar hipótesis sobre lo acontecido, Padre Pedro nos descoloca y nos muestra que, en realidad, no conocemos nada. Todo lo que creemos saber se desestabiliza continuamente y la incertidumbre se extiende dentro y fuera del escenario: descubrimos los acontecimientos junto con los personajes. Se trata de una historia completamente atrapante desde el comienzo, donde se mezclan la violencia y la cotidianidad. Pero no lo hace de cualquier manera, sino que, cuando la situación alcanza el momento cúlmine de máxima tensión, automáticamente la solemne violencia se desploma con alguna palabra o acción que nos mueve a risas. Sí, nos reímos, aunque un tanto incómodos. Y ese efecto es clave porque nos deja pensando más allá de la función: ¿de qué me reí en ese momento, ante tamaño dramatismo?
Padre Pedro capta al ser humano en su carácter contradictorio. Los personajes son fuertes y débiles, calmos y violentos. Muestran y ocultan su verdadera cara todo el tiempo. Nada parece quedar librado al azar y cada elemento funciona a la perfección: un gesto mínimo, una palabra dicha en su justo momento, un objeto, una acción. Rubiolo y Paz interpretan a la perfección estas contradicciones. Es aquí donde se conjugan la dramaturgia, las actuaciones y los elementos técnicos para producir escenas con una precisión notable. Además, la pieza pone en primer lugar un tema actual, pero que atraviesa todos los tiempos: la violencia de género. Sin embargo, la obra va un paso más allá: lo que se construye en el escenario no ocurre allí, sino que se fundamenta en todo aquello que no vemos y que conocemos por la narración de los personajes masculinos. Entonces, la ira, la crueldad, la violencia ya no se dirigen únicamente a la mujer, sino a todos los involucrados en la situación que se confiesa.
Por último, un pensamiento más que se disparó en mí mientras me dejaba atrapar por esta historia. En el pueblo, donde todo parece estar destinado a permanecer inmutable, los personajes intentan sortear, cada uno a su modo, la escalada de violencia que convoca su encuentro. Allí, donde todo tiende a la eterna permanencia, los personajes llevan al extremo el debate sobre la vida y la muerte. ¿Quién es culpable? ¿Culpable de qué? ¿Cuál es la solución frente a la culpa? Y lo más interesante: ¿Quién está autorizado moralmente para ejecutar un castigo? En un momento particular de la obra, no puedo evitar pensar en la escena beckettiana en la que Vladimir y Estragón contemplan el suicidio como una posible salida de su espera. Aunque hay se les presenta un inconveniente: hasta para morir dependen uno del otro. Algo de esa situación resuena en Padre Pedro: también estos personajes parecen atrapados en una situación que exige una salida donde se vuelve necesario tomar una decisión: ¿Será la muerte? Interrogantes que no sólo giran en torno a la vida y la muerte, sino más bien a la permanencia, y que suscitan un pensamiento que excede al convivio teatral y quedan resonando fuera de la sala. Volvamos a la culpa, la moral y al poder de decisión que son el punto clave en la historia: resumámoslo en una frase a tono con el Padre Pedro: “Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Jn. 8, 7). Una ¿casualidad? extra que no pasa desapercibida: el conflicto frente al que se expresa Jesús en ese momento involucra a una mujer. Las interpretaciones restantes quedan a cargo de cada quien.
Padre Pedro no ofrece respuestas tranquilizadoras. Entre la tensión y la risa incómoda, entre la culpa, la violencia y la necesidad de tomar una decisión, la obra obliga a preguntarse quién tiene derecho a juzgar, a castigar y, en última instancia, a decidir sobre la vida de los otros. Una puesta intensa, precisa y atrapante, que hace reír cuando quizás no deberíamos y que, cuando termina, nos deja con la sensación de que todavía hay algo que no terminamos de resolver, más allá de la historia que se nos cuenta.
Ficha técnica:
Padre Pedro, de José Ignacio Serralunga
Mención Especial Concurso 50° Aniversario Fondo Nacional de las Artes
Actúan: Mariano Rubiolo – Claudio Paz
Escenografía: María Teresa Serralunga
Diseño lumínico: Sergio Robinet
Prensa: Rosana Balbuena
Diseño gráfico y gestión de redes: Natalia Aranda y A&B Comunicaciones
Fotografía y videos: Ramiro Compitiello
Producción ejecutiva: Marita Blanc y Mariano Rubiolo
Producción artística y dirección general: José Ignacio Serralunga
Fecha de estreno: sábado 08 de agosto de 2026 en la sala Nuevo LOA



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