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“Rojo Blanco”: una caricia que permanece

En colaboración con @teatroensantafe


La caricia como gesto es el eje sobre el que se organiza la historia de amor en Rojo Blanco. Es una obra sensible que se sitúa en los bordes de lo fantástico para captar un momento sumamente duro para cualquiera de nosotros: el duelo. Ese espacio-tiempo en el que conviven, simultáneamente, la presencia y la pérdida. Un espacio-tiempo otro, en el que adquiere una dimensión particular el encuentro con uno mismo y con aquella persona que ya no está. La dramaturgia de Laura Peña pone el foco en los que nos quedamos en este mundo mientras intentamos sobrellevar la muerte. Con dirección de ella misma y actuaciones de Nicolás Decarlini y Azul Kowal, la puesta en escena conmueve hasta hacernos derramar alguna lágrima.


Fotografía: Belén Altamirano
Fotografía: Belén Altamirano

Vemos sobre el escenario un gran despliegue escenográfico: una cama, telas que parecen ser prendas de vestir, un ropero, un tender. Pero entre esos objetos se destacan los discos de vinilo que los personajes hacen sonar en el tocadiscos que tenemos frente a nosotros: la música se vuelve otra manera de contar la historia. ¿Qué historia? ¿La del amor? ¿La de la vida? ¿La de la muerte? Mejor aún, creo que se trata de otra pregunta: ¿qué extrañamos ante la ausencia de otra persona? Quizás se trate del acto de jugar, de las acciones cotidianas, del contacto corporal: la caricia, la broma sencilla, el abrazo, la pelea por cuestiones que no tienen tanta importancia. Mediante una serie de imágenes metafóricas que se presentan en escena, la obra hace coexistir, en un mismo espacio, aquello que permanece y aquello que ya se ha perdido.


Mara lleva puesto un vestuario alado que se mueve con ella. Kowal construye a Mara desde un realismo muy bien logrado: lo que siente, lo que dice, lo que hace y lo que desea no siempre están en consonancia. La actriz hace pasar por el cuerpo el conflicto y la tensión que ello genera. Martín, por su parte, está allí con ella, la contiene mientras se apaga. Sostiene lo que ya no está: la abraza, en un intento de mantener consigo lo que está perdiendo, lo que se le escurre entre sus brazos. Imposible olvidar las manos de ambos rozando las otras manos, recorriendo el otro cuerpo: el gesto de cuidado que atraviesa toda la obra y que le aporta una sensibilidad que se siente incluso en nuestros cuerpos. Este contacto, unión corporal entre los personajes, aparece en diferentes momentos de sus vidas o de sus días en ese no-tiempo en el que transcurre la historia. Sin embargo, se trata de una historia fragmentaria, que conocemos por medio de cortes abruptos, apagones que nos muestran diferentes situaciones, aunque todas giran alrededor de lo que se pierde mientras se está perdiendo.


Mientras miro el escenario me pregunto si se trata de una obra acerca de lo que queda después ¿de la vida? ¿o de la muerte? Al fin y al cabo, ¿dónde ponemos el foco? Y todo se complejiza cuando los dos personajes son jóvenes. En estos días me encontré con Hipersueño, un texto de la escritora francesa Hélène Cixous, donde reflexiona sobre los tiempos previos y posteriores a la muerte. Atravesada por la inminente pérdida de su madre y por la reciente pérdida de su amigo Jacques Derrida, la narradora menciona una frase que él le expresó en algún momento: “se muere al fin, demasiado pronto”. Ella se pregunta por el significado de esas palabras: “¿quiere decir demasiado rápido o demasiado temprano? No creo que se muera rápido, creo que se muere-vive […] Creo que se muere extremadamente lentamente todo el tiempo y es la vida”. Encuentro algún eco de esta cita en Rojo Blanco. La partida de Mara es temprana y, al mismo tiempo, ocurre con la brusquedad de aquello para lo que nunca estamos preparados. Pero la obra lo construye de otra manera: esa rapidez de la pérdida se ralentiza, se expande temporalmente y vuelve una y otra vez a la cotidianidad: parece no querer irse nunca. Ambos personajes “mueren-viven”. Tal vez no se trate de elegir entre la vida y la muerte, sino de habitar ambos estados a la vez, en ese espacio suspendido en el tiempo. Cixous cierra su reflexión con una pregunta que adquiere total pertinencia en la puesta en escena de Peña: “¿y el punto final, dónde lo ponés?”.


Rojo Blanco encuentra, en medio del dolor, una forma delicada de hablar de aquello que parece imposible de retener. Entre la música, los cuerpos y los pequeños gestos cotidianos, Laura Peña construye una obra que no busca explicar la pérdida, sino volverla sensible. Una historia de amor atravesada por la ausencia, pero también por todo aquello que permanece cuando creemos que alguien ya se ha ido. Una puesta conmovedora que invita a entrar en ese tiempo suspendido donde despedirse no siempre significa desprenderse de aquello que continúa formando parte de nosotros mismos.

 

El texto citado corresponde a Hipersueño de Hélène Cixous, [2006] (2021, p. 110). Interzona Editora.  



Ficha técnica:


Dramaturgia y dirección: Laura Peña

Actuación: Nicolás Decarlini y Azul Kowal

Asistente de dirección y técnica de sonido: Gabriel Gómez

Luces y edición de sonido: Martín Muñoz

Gráficas y vestuario: Vicente Destefano

Fotografía: Belén Altamirano


Obra vista el domingo 9 de agosto de 2026 en la sala de Valeri Montrul, Santa Fe.

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